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Estos Romanos están locos
NACER O NO NACER: HE AQUÍ LA CUESTIÓN
Rómulo y Remo amamantados por una loba
Cuentan que  Rómulo y Remo fueron amamantados por una loba. Otros niños romanos no tuvieron su misma suerte.  

Antes de comenzar a relatar cómo eran los preparativos, el nacimiento y posteriores cuidados que se le otorgaban al bebé de la Antigua Roma, debemos ser conscientes de que los datos que nos han llegado corresponden en su mayor parte a familias nobles o patricias, y es de suponer que las mujeres plebeyas, que hoy conocemos como "de bajo poder adquisitivo" (hay que ver lo poco que ha cambiado la especie humana en veinte siglos) estaban obligadas a parir de un modo bien distinto: solas, sin asistencia de ningún tipo y bajo unas condiciones de salubridad que convertían el alumbramiento en un gran milagro.

Hemos de tener presente, además, que existen dos etapas muy claramente definidas atendiendo a la tasa de natalidad en los confines del Imperio.  En la primera de ellas, el escaso número de nacimientos llegó a suponer incluso un problema de estado, obligando a las autoridades competentes a presionar a los solteros a que contrajeran matrimonio y a incentivar a las mujeres que tuvieran más de tres hijos, lo que era considerado como familia ideal. Si retornamos por un momento al presente, de nuevo nos encontramos con el carácter cíclico de la historia: hoy también se bonifica a las familias de tres hijos. La expansión del Estoicismo y el Cristianismo a partir del siglo II D.C., y sus consiguientes directrices morales, dan lugar a la segunda etapa, en la que las parejas vuelven a ser prolíficas como en los tiempos de la República, y no es infrecuente encontrar (claro está, más entre los ricos que entre los pobres) grupos familiares de doce o catorce unidades.

EL ALUMBRAMIENTO

Mas allá de todas estas consideraciones, contemplemos cómo se produce la llegada al mundo de un nuevo ser. Ya sabemos que existe una notable diferencia entre nacer en una casa rica o pobre. Cómo ve la luz un niño en un hogar sin recursos es fácil de imaginar, así que recorramos las vicisitudes del parto en una familia patricia en Roma. Cuando la futura madre siente que el alumbramiento es inminente, se hace indispensable la presencia de una partera profesional (obstetrix) que dirija todas las operaciones. Ella se encargará de ordenar a los esclavos de la casa que provean todo lo necesario: paños, agua caliente, etc. La parturienta se acomoda en una silla de partos cuyo diseño, con variaciones, ha llegado hasta nuestros días. Nadie excepto la comadrona tiene acceso a la habitación de la madre, de modo que el padre y el resto de los familiares y esclavos deberán permanecer en una estancia contigua escuchando nerviosos los gritos de dolor de la embarazada hasta que el primer llanto infantil les haga saber que la llegada del pequeño por fin se ha producido. Por supuesto, el paterfamilias prefiere un varón, pero su preocupación fundamental es que sea del sexo que fuere, el bebé nazca sano y robusto. Una vez que el esperado llanto rompe el silencio, todo el mundo permanece inmóvil, expectante, hasta que la partera aparezca con el nuevo ser en sus brazos. Es entonces cuando tiene lugar la ceremonia de aceptación. Como la sociedad de la época era eminentemente machista, si se trata de una niña, el padre dará por buena su llegada simplemente ordenando que le den de mamar. Si es un varón, la puesta en escena reviste un mayor protocolo: la partera acomoda al recién nacido en el frío suelo a los pies de su padre. Éste, satisfecho, se flexiona, lo toma y lo eleva en sus brazos al cielo de Roma. Es la confirmación de que lo acepta como hijo suyo. Ahora sí, todos ríen, las abuelas lloran de emoción y los esclavos se felicitan. Un nuevo ser se incorpora a la vida para mayor gloria del Imperio.

PRIMEROS CUIDADOS

No es difícil imaginar las vicisitudes que atravesará un bebé nacido en una familia humilde para salir adelante. La falta de higiene y de cuidados y una alimentación deficiente serán unos obstáculos añadidos a salvar para que consiga completar su desarrollo. En familias nobles o patricias, las cosas son bien distintas: las posibilidades de supervivencia son mucho mayores. Al pequeño se le asignarán varias nodrizas para que no se acostumbre a un solo tipo de leche. Si es de sexo masculino, se hace imprescindible dotarle de un aspecto físico que se adapte a los cánones de belleza imperantes en la época. Cada mañana, tras el cotidiano baño, será concienzudamente masajeado con el objeto de ir esculpiendo su cuerpo. Se presta especial atención a cráneo, nariz y nalgas. También le estiran el prepucio. Después le vendan fuertemente codos, rodillas, muñecas y caderas. Un dato a tener en cuenta, porque fue recogido por la tradición judeocristiana y (por lo menos en España) ha sido obsesión perenne en muchas familias y centros de enseñanza hasta muy recientes fechas, es el hecho de que transcurridos los primeros meses, le dejan libre el brazo derecho para asegurarse de que el niño sea diestro. Así pues, parece ser que los zurdos eran mal vistos tanto por los dioses romanos como por el Dios único de la cristiandad.

PRIMERAS LECCIONES

En los primeros siglos de nuestra era, ser bilingüe era tan importante como pueda serlo hoy. Pero a diferencia de nuestros días, las motivaciones de tal exigencia eran meramente culturales y no prácticas, como ocurre con el idioma inglés en nuestros días.  Por lo tanto, si la familia es muy rica, la nodriza ha de ser irrenunciablemente de origen griego. Como el hombre culto (no debemos perder de vista que la sociedad romana se fundamenta y estructura desde un ámbito machista) debe conocer el idioma de Platón, la nana no sólo asumirá la obligación de nutrirle, sino también la de acompañarle durante la mayor parte del día e introducirle en la lengua de la cultura. Este primer encuentro que podríamos llamar "educativo-alimentario" se complementará posteriormente con la incorporación de un pedagogo que dotará al niño de conocimientos académicos básicos: números, letras, etc.

LOS JUEGOS

Como no podía ser de otro modo, el desarrollo y actividades de aquellos niños cuya familia no pertenece a la élite es bien distinta. El primer obstáculo a salvar es la malaria durante el primer verano. Esta enfermedad era causa de unos índices de mortalidad infantil verdaderamente altos. Pero si el neonato es agraciado con el don de la supervivencia, con total seguridad engrosará el grupo de pilluelos que alborotan con sus juegos las calles de la antigua Roma. Muchos juegos nos son familiares todavía hoy: el aro, las canicas, la taba, la peonza, los chinos, las tres en raya o la gallina ciega. Obviamente, en aquellos tiempos a nadie se le ocurría plantear la incidencia negativa de los juguetes bélicos en la incipiente escala de valores del muchacho, con lo cual, no era extraño contemplar a los pequeños pertrechados de artesanales cascos, espadas, escudos o corazas.

En líneas generales, y abstrayéndonos en la medida de lo posible de su condición social, podemos concluir diciendo que, como cualquier niño actual, el romano pasaba del sonajero al columpio y a los juegos de pelota. Disponía de una hucha para guardar las monedas que pudieran regalarle familiares y amigos. Una niña se hacía acompañar de una muñeca, ya fuera esta de cera coloreada, arcilla cocida, de madera o de hueso, y al igual que hoy, todos esperaban impacientes fechas señaladas para recibir regalos: cumpleaños, año nuevo y Saturnalia (simiente de nuestro carnaval).

Y SE ACABÓ LO QUE SE DABA

Naturalmente, llega el día en que los niños dejan de serlo. A los 17 años, cuando el ya adolescente está en edad de tomar la toga viril, consagra sus juguetes a los dioses.  La niña, al convertirse en mujer, consagrará los suyos a la diosa Diana. Todo está listo para que cada uno de ellos acepte, con alegría algunas veces, con resignación en la mayoría de los casos, lo que el destino les tiene preparado.

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