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Ahora Somos Tres

Perder aquella cintura que su tía, siempre risueña, llamaba "breve"; ver abultarse, semana a semana, mes a mes, ese vientre plano, planísimo logrado a fuerza de agotadoras sesiones en el gimnasio; presentir ese ensanchamiento de caderas que su abuela, tan apocalíptica en sus vaticinios, le predijo sería para siempre; todo, en ese momento, era nada. Todo quedaba felizmente compensado por la dicha máxima de saber que aquellas divinas deformaciones de su cuerpo las ocasionaba el crecimiento de su bebé en su barriga. Todo era hermoso porque cada abultamiento, cada mancha, cada aumento significaba que allí dentro todo iba bien. Entonces, pensaba en lo fácil que es pasar del concepto hijo a la imagen de bebé, y sin mediar ideas más profundas venían las fantasías: ella feliz dando a luz a su bebé; ella feliz amamantando a su bebé; ella feliz bañando, paseando, durmiendo a su bebé, y sobre todo ella felicísima y bella luciendo su bebé ante el mundo.

Y lo haría así, como lucía ahora su tripa, con esa sonrisa que sus cuñadas, tan urticantes a veces, llamaban ya "el gesto pegado" y que para ella hasta comenzaba a sonarle a verdadero porque, por más que lo intentaba, le era imposible dejar de sonreír.  Pero ¿cómo lograrlo ante tanta felicidad?. No había en el mundo mujer más bella que ella. Se sentía así para el mundo entero y estaba convencida que todos, hombres y mujeres por igual, no podían evitar volverse a mirarla porque representaba una estampa total y absolutamente hermosa. Su madre, a veces lapidaria en sus opiniones, sostenía que esa atención que le dedicaban los transeúntes se debía más bien a los colorines que escogía para vestirse, los cuales, incorporados al volumen, hacían una combinación difícil de esquivar.

Tampoco había en el mundo mujer más sensual que ella. Se sentía así en especial para su marido, tan bello, tan querido, el padre de su bebé. Se miraba en el espejo y se encontraba, además de bella, por supuesto, voluptuosa, incontrolablemente voluptuosa, y en muchísimas ocasiones, tantas que lograrían sonrojar a la familia entera, llegaba a mostrarse, más que sensual, lujuriosa y descocada, y así se lo hacía sentir a él.

Eran sólo dos. Uno para el otro y en un divino viceversa se les pasaba el tiempo libre que les dejaban sus actividades. Les llegaba para consentirse, amarse, enfadarse, jugar, cocinar, ponerse guapos, salir con los amigos, visitar a la familia, hacer muchos planes, redecorar la casa, dormir. En fin, eran sólo dos casi con todo el tiempo del mundo.

Entonces llegó el día y nació el bebé. Era (el bebé, porque el parto ya fue otra cosa) como lo habían soñado: redondito, rosadito, pequeñito, precioso y, por encima de todas las cosas, un santo. "Es un bendito hermana, sólo duerme". "Aquí, en la clínica", murmuraron al unísono y por lo bajito la tía risueña, la abuela apocalíptica, las cuñadas urticantes y la madre lapidaria, todas fogueadas en más de un nacimiento.

Con la misma disposición a ser admirada, abandonó la maternidad como una reina. Salió como tantas veces había imaginado, oronda con su angelical bebé en brazos y resguardados ambos por un orgulloso y amoroso hombre quien no tenía más ojos que para su ya crecida familia. "Ahora", le susurró al oído, "somos tres".

Hizo una entrada triunfal en su casa. La escoltaban, además del insigne cónyuge, la tía, la abuela, las cuñadas y por supuesto la madre. La agarraron, la acostaron, le quitaron al santo bebé, prepararon un caldito, conversaron, se tomaron un café y se fueron, no sin antes darle los últimos consejos de la jornada.

Al rato, el bebé lloró y tardó casi hora y media en consumir su ración.  Apuntó la hora, el lado y el tiempo invertido en la faena. Cambió el pañal, y organizó el cuarto. Acompañó a su amor a comerse un plato de caldo y se acostaron a dormir. Poco tiempo después, el santito lloró de nuevo exigiendo lo único que a esa edad piden: comida. Tardó un poco el bebé en expulsar los gases, de manera que para cuando lo acostó en la cuna habían pasado ya dos horas desde que había comenzado este turno alimenticio. Otros tantos minutos le llevó contarle al semi-dormido padre cómo había sido todo y convencerlo  de que no era necesario que se levantara con ella, total... Minutos más tarde, sintió de nuevo el llanto de su hijo y comenzó todo otra vez.

Así pasó una semana, y otra y otra. Con sus pequeñas variantes, sus días y sus noches se convirtieron en un eterno hábito repetitivo sin comienzo ni final.

Un día, pasadas varias semanas y ya con un control más o menos preciso de la rutina, tuvo tiempo de mirarse al espejo después del baño. Ese día lloró tanto como no lo había hecho desde que le robaron la bicicleta a los cinco años de edad. No había cintura, no existía el vientre plano, planísimo. No había siquiera aquella piel tersa y brillante como recién humedecida en aceite. Sí había en cambio unas ojeras que le llegaban al ombligo, unos pechos descomunales e irritados, una caderas enormes que abarcaban todo el espejo aún dejando distancia y una piel... ¡Ay que horror!. Y siguió llorando.

Esa misma noche llegó él, el papá de la criatura, insinuante, amoroso como en sus mejores tiempos, cargado de flores y armado con aquella sonrisa que siglos atrás a ella la perturbaba y le vaticinaba momentos siderales. Esta vez el efecto fue completamente contrario. Recordó el espejo y arrancó de nuevo en llanto profundo. Pensó en su cansancio y se desbarató en suspiros desconsolados. Calculó las horas que llevaba sin dormir como se debe y no hubo consentimiento, ni halago, ni cariño que la hiciera cambiar de opinión.

Sólo atinó a decirle en un susurro antes de caer profundamente dormida: "es que antes, mi amor, éramos dos".

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