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Puerto
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Pablo
Krantz
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El puerto, junto a los bancos de arena, donde los chicos
del verano traen a sus chicas japonesas, y los perros de la escollera
hurgan entre los agujeros rebuscando comida. ¡Ey, gatito negro que te
estás ahí, muy quietecito, entre los viejos despojos de una proa! ¡Mejor
que corras!
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Un tipo que pasa canturreando, con un collar de mejillones
y el pelo muy engominado, trata de llevar a la orilla a una chica friolenta,
envuelta en mil ropajes de lana. Ella se niega, espantada, pero él insiste,
suda, susurra:
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- Vamos, no tengas miedo...
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- ¡Volvamos a casa! ¡Volvamos a casa!
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Los chicos pescan o se trepan a las viejas grúas Michigan.
Un viejo mastica bizcochos salados con ojos secos y mandíbula bailarina.
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Entrelazados sobre la saliente de piedra, mirando brillar
el crepúsculo sobre el río marrón, los amantes sueñan -¡ay! - sueños
bien distintos: las muchachas sueñan con el futuro y los muchachos con
el pasado.
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A los chicos les gusta parecer más bravos de lo que
son frente a sus novias: a uno se le vuela el cigarrillo y baja por
el embarcadero a buscarlo. Y a los hombres les gusta parecer más prudentes
de lo que son frente a sus esposas y suegras: “¡Qué imprudencia!”, sentencia
uno con el cuerpo nudoso y curtido como un árbol.
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Las parejitas, en bicicleta o a pie, pasan charlando
del trabajo del día. Pasa un tipo con una chica hemipléjica. Y hasta
hay un brigada que abandonó su puesto, besando a su novia de Sarandí,
mientras la madre se hace la distraída.
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¡Ah, el verano, el verano!
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Y ya cae la noche, helada y filosa como una lata vieja.
Poco a poco, uno tras otro, todos se van. Unos chicos perdidos corretean
buscando monedas por la orilla. Y ya el último pescador se aleja, cojeando,
con su bolsa plateada de pescados y sangre. Sólo queda el inmenso barco
arenero a lo lejos, y un muchachito andrajoso que va por la arena con
los pantalones arremangados, entre las ruedas y los sanguinarios cuellos
de botella que dejó la bajante.
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Y mientras su compañero lo llama a gritos desde el
muelle, él arroja la línea de su caña una y mil veces, con furia. Ataca
a los barcos anclados, a los barcos encallados, a los altos espigones,
a los sueños absurdos que todos se dejaron olvidados por ahí, y al aterrorizado
gatito negro, con su pobre línea de pesca de dos metros de largo.
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Unas gaviotas se alejan chillando, y ahora que se han
quedado solos,
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vestidos de esmeralda para la noche oscura, los
barcos se cantan para dormirse bravas tonadas marineras, canciones de
amantes que deben despedirse.
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