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Un Átomo de Vida
Óscar Sanz
 

El 11 de septiembre de 2001, por primera vez en mucho tiempo, creí hallar en el fondo de mi ser un poso del espíritu evangélico que con la ayuda de algún pescozón, intentaron inculcarme en la escuela cuando niño.

Varias semanas después de todo aquello, aun conservo la inquietante visión de aquellos átomos de vida, condenados a desintegrarse junto a los colosos de hormigón, agitando impacientes y desesperados sus blancos pañuelos reclamando un rescate imposible. Poco más tarde, a algunos de ellos se les pudo ver colgados de las ventanas a cientos de metros del suelo resistiéndose a ser engullidos por las llamas. Sólo los más valientes, o cobardes, quién lo sabe, consiguieron prolongar unos momentos su limitada existencia; los segundos que transcurrieron en caída libre hasta el suelo de Manhattan.

Intenté imaginar lo que sintieron aquellos infortunados cuando conocieron la certeza de sus destinos. Esos átomos de vida capaces de sentir amor, miedo, tristeza o rabia. Diminutos y agonizantes átomos que, llegado el momento injusto y arbitrario de perecer, tendrían a sus hijos en el colegio, su familia esperándoles para almorzar o un amor reciente contando los minutos para poder continuar soñando miles de proyectos en común.

Mientras las torres de desmoronaban, experimenté la extraña sensación que cité al principio. ¿Era amor al prójimo? ¿Compasión? Fuera lo que fuese, me sentía parte integrante de algo abstracto e indefinible que había sido brutalmente agredido.

No sé si por suerte o por desgracia, todo eso fue cambiando con el curso de los acontecimientos. Al parecer, los rectores del Imperio no estaban dispuestos a ofrecer la otra mejilla. Y peor que eso, tuve la impresión de que intentaban justificar su necesaria supervivencia en la turbias amenaza que brota de quien se siente más fuerte. No tardé en concluir que, una vez más, muchas otras víctimas inocentes habrían de ser inmoladas para expiar culpas ajenas.

Fue así como los damnificados por el terrible atentado en Nueva York tuvieron que compartir su sitio en mi corazón, ya no me atrevo a decir alma, con la mujer afgana recluida en su burka, privada de su derecho a ser persona o la lúgubre escena de un cuerpo infantil amortajado después de un bombardeo. Míseras gentes que nunca fueron invitadas al festín del llamado mundo libre, tiranizadas por quienes abanderan un credo como forma de opresión, tiranizadas, precisamente, con la inestimable ayuda de quienes ahora dicen ser sus liberadores mientras propician su exterminio.

Dicen que es hora de clamar contra los intransigentes ¿por qué no antes del 11 de septiembre? Y se olvidan, o quieren que nos olvidemos, de otros fundamentalistas mucho más peligrosos. Los que han sido obsequiados con el poder político y tecnológico, acaso como premio al genocidio que sufrieron hace 70 años, y que ahora reinterpretan, esta vez como verdugos, con aquellos a quien han robado sus tierras.

Estoy hablando de los que, muchos siglos antes, ya se autoproclamaban pueblo elegido de Dios. Pero son amigos, aliados, y nunca embestirán un edificio imperial con un avión secuestrado. La civilización (la nuestra) está, pues, a salvo.

Ahora, cuando veo en los telediarios la enésima imagen del átomo de vida agitando su pañuelo en el piso 96 de la Torre 1, clamando una salvación imposible, se me aparece a su lado un hombre agitando su mano desnuda, protegiendo con el cuerpo a su hijo de corta edad al tiempo que implora a los soldados del pueblo elegido que detengan sus disparos. Son dos átomos de vida que se van al mismo tiempo, víctimas de la misma sinrazón, pero medida con desigual rasero.

Demasiados pueblos elegidos por la divinidad. También los rectores del imperio aspiran a ello.

God bless America. Dios bendiga a América.

Ignoran que América no son sólo ellos. América es Centroamérica, donde ancianos y niños mueren de hambre cada día, donde han ubicado el espectro de la muerte al cotidiano servicio de sus viles intereses. Nuestros hermanos de Nicaragua, Guatemala o El Salvador no son pérfidos fanáticos islamistas. Ellos tampoco atacarán la capital del mundo. ¿Por qué no dejar que Dios también les bendiga?

Ese poso de fe cristiana, ya minúsculo, que creí atisbar en mí el martes 11 de septiembre de 2001 tiene hoy apenas un átomo de vida. Tal vez el tiempo que separa la planta 96 de la Torre 1 del sucio suelo de Manhattan. Es un átomo de vida que, mientras se desvanece, intenta gritar, con todas sus fuerzas ¡No pronunciarás el nombre de Dios en vano! Pero nadie le escucha. Y pasa a ser una mota de polvo más entre los escombros de la tragedia.

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