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Recuerdos de un Niño que aún no lo era
José María Cabañas
 

Siempre he presumido de mi memoria de elefante. Cuando era niño, podía recitar como un papagayo, punto por punto, palabra por palabra, los tebeos que había estado leyendo la tarde anterior. Por suerte para mí, igual sucedía con el catecismo o la tabla de multiplicar. Y hoy, convertido en hombre de provecho, esta rara habilidad me permite retroceder en el tiempo y navegar sin perder el más mínimo detalle entre los recuerdos más lejanos. Pero ha sido esta misma tarde, hace apenas unos minutos, cuando me he dado cuenta de que esta facultad va mucho más allá de todo lo imaginable. Patricia, mi mujer, me ha entregado un papel con unas extrañas mediciones acompañadas con un sello y una firma en él garabateada. Volvía del médico. Su amplia sonrisa me ha hecho comprender enseguida lo que ello significaba. Está embarazada. Vamos a tener nuestro primer hijo. Con solo pensar que un nuevo ser había de incubarse dentro de ella, un incontrolable impulso me ha conducido a un lugar extraño, de vuelta a un momento de la existencia ignoto al resto de los mortales. Es increíble, pero puedo acordarme de todo. Esta es la historia:

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"No podía ver nada, era como formar parte de la nada. Pero la frontera entre no ser nada y ser algo es muy frágil, apenas perceptible. Primero fue un sonido, grave, inquietante por lo inesperado. Aquel sonido se repitió: una vez, dos, tres... Era un ruido rítmico, perfectamente acompasado, que me permitió saberme vivo. Algo me hizo intuir que aquello no era sino el principio de muchas otras sensaciones.  Cuando aquellos latidos se hicieron constantes, tan reiterativos que conseguían provocar desazón, una sensación de alivio invadió mi recién estrenada existencia. ¡Me estaba moviendo! No. No podía ser. Yo no era nadie, no era nada. Pero me movía, y me gustaba. Me sentía flotar en un líquido tibio, confortable. Paulatinamente, me sentía acogido en una sensación de seguridad. Me sentía crecer, hasta percatarme de que me faltaba espacio. No puedo decir que fuera espacio vital, pues aun desconocía lo que era la vida. A fin de cuentas, seguía sin ser nada. Pese a ello, intuía que formaba parte de algo, me encontraba dentro de alguien. Alguien que a veces me hablaba sin saber que yo no era nada. Paso mucho tiempo, no sabría decir cuanto, pero aquella sensación de comodidad se torno insoportablemente agobiante.  Tenía que irme de allí, ya no quería, no podía estar allí. De repente, me invadió la luz, y por primera vez supe lo que era el dolor. Estaban tirando de mí, oía gritos. Fueron unos momentos de verdadero terror. Hubiera sido mejor quedarme, pensé entonces. Enseguida oí la misma voz que me había estado hablando tiempo atrás, vi su rostro aún ajado por el dolor y noté que se iluminaba ante mi presencia. La amé desde ese mismo instante. Era mi madre. Yo acababa de nacer. Ahora si, ahora era perfectamente consciente de que no era nada, y que tendrían que pasar meses antes de llegar a ser algo. Pero con ayuda de mi madre, no tenía ninguna duda, lo conseguiría."

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De vuelta a la realidad, he mirado a Patricia, y me ha alegrado encontrar en ella la misma expresión que acabo de recordar en la cara de mi madre. -¿En qué piensas?- me ha preguntado. -En nada, no pensaba en nada...-Y era verdad.

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