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Siempre he presumido de mi memoria de elefante. Cuando
era niño, podía recitar como un papagayo, punto por punto, palabra por
palabra, los tebeos que había estado leyendo la tarde anterior. Por
suerte para mí, igual sucedía con el catecismo o la tabla de multiplicar.
Y hoy, convertido en hombre de provecho, esta rara habilidad me permite
retroceder en el tiempo y navegar sin perder el más mínimo detalle entre
los recuerdos más lejanos. Pero ha sido esta misma tarde, hace apenas
unos minutos, cuando me he dado cuenta de que esta facultad va mucho
más allá de todo lo imaginable. Patricia, mi mujer, me ha entregado
un papel con unas extrañas mediciones acompañadas con un sello y una
firma en él garabateada. Volvía del médico. Su amplia sonrisa me ha
hecho comprender enseguida lo que ello significaba. Está embarazada.
Vamos a tener nuestro primer hijo. Con solo pensar que un nuevo ser
había de incubarse dentro de ella, un incontrolable impulso me ha conducido
a un lugar extraño, de vuelta a un momento de la existencia ignoto al
resto de los mortales. Es increíble, pero puedo acordarme de todo. Esta
es la historia:
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"No podía ver nada, era como formar parte de la
nada. Pero la frontera entre no ser nada y ser algo es muy frágil, apenas
perceptible. Primero fue un sonido, grave, inquietante por lo inesperado.
Aquel sonido se repitió: una vez, dos, tres... Era un ruido rítmico,
perfectamente acompasado, que me permitió saberme vivo. Algo me hizo
intuir que aquello no era sino el principio de muchas otras sensaciones.
Cuando aquellos latidos se hicieron constantes, tan reiterativos
que conseguían provocar desazón, una sensación de alivio invadió mi
recién estrenada existencia. ¡Me estaba moviendo! No. No podía ser.
Yo no era nadie, no era nada. Pero me movía, y me gustaba. Me sentía
flotar en un líquido tibio, confortable. Paulatinamente, me sentía acogido
en una sensación de seguridad. Me sentía crecer, hasta percatarme de
que me faltaba espacio. No puedo decir que fuera espacio vital, pues
aun desconocía lo que era la vida. A fin de cuentas, seguía sin ser
nada. Pese a ello, intuía que formaba parte de algo, me encontraba dentro
de alguien. Alguien que a veces me hablaba sin saber que yo no era nada.
Paso mucho tiempo, no sabría decir cuanto, pero aquella sensación de
comodidad se torno insoportablemente agobiante. Tenía que irme
de allí, ya no quería, no podía estar allí. De repente, me invadió la
luz, y por primera vez supe lo que era el dolor. Estaban tirando de
mí, oía gritos. Fueron unos momentos de verdadero terror. Hubiera sido
mejor quedarme, pensé entonces. Enseguida oí la misma voz que me había
estado hablando tiempo atrás, vi su rostro aún ajado por el dolor y
noté que se iluminaba ante mi presencia. La amé desde ese mismo instante.
Era mi madre. Yo acababa de nacer. Ahora si, ahora era perfectamente
consciente de que no era nada, y que tendrían que pasar meses antes
de llegar a ser algo. Pero con ayuda de mi madre, no tenía ninguna duda,
lo conseguiría."
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