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La Verdadera Historia del
San Telmo
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José Antonio Osorio
Rodríguez
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Esto que os voy a relatar es un suceso lúgubre
y tétrico, como un cuento de Edgar Allan Poe, pero con personajes
reales que una vez existieron, y cuya triste historia a continuación
os relato: Después del desastre de Trafalgar, la Armada española
quedó sin navíos, justo en el momento histórico
en que más necesitada estaba España de ellos; con los
territorios americanos en plena efervescencia y deseos de emancipación
de la metrópoli. Uno de los más agitados era Perú.
No había tiempo para acometer la construcción de una nueva
flota, y se compraron, al Zar de Rusia, 12 navíos de guerra.
Ese sería el destino de uno de ellos, rebautizado como el San
Telmo. Navío de 3 puentes y fuertemente artillado. Su casco completamente
negro y su elevado castillo le daban un aire lúgubre que atenazaba
el ánimo de los que componían su dotación. Por
todo Cádiz empezó a correr la voz de que el San Telmo
no era a propósito de esta expedición. Los presagios más
fatales se sucedían unos a otros y pocos dudaban en Cádiz
de que el buque tendría un fin fatal. A pesar de esto el barco,
carenado de nuevo y minuciosamente reconocido por los ingenieros navales,
fue pertrechado y avituallado. Con una dotación de 1.500 hombres
se hizo a la mar bajo un cielo encapotado y sombrío. El pueblo
gaditano sobre las murallas de la ciudad, contemplaba abatido las maniobras
de aparejar y levar anclas. Todos los que tenían seres queridos
a bordo tenían un triste presagio ¡Ya no los volveremos
a ver más!. Pasaron días, meses y años, y no se
volvió a tener noticias del San Telmo; había desaparecido
cual fantasma entre las brumas del mar. Los tristes presagios se habían
cumplido, pero, ¿Cuál había sido el destino del
buque negro?.
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Pasó el tiempo y el San Telmo se convirtió
en leyenda. Una mañana aburrida, paseando entré en una
vieja almoneda y rebuscando entre los lotes de libros viejos hallé
un volumen perteneciente a un viejo cuaderno de bitácora de un
antiguo vapor correo que hizo la ruta de América y encallara
en la costa una noche de galerna. Como era realmente poco lo que por
él me pedían decidí adquirirlo y me lo llevé
a casa para echarle un vistazo. Sin embargo al entrar se me cayo el
viejo tomo al suelo, y un legajo que no formaba parte del original apareció
ante mi vista. Me puse a ojearlo por curiosidad, y ya no pude dejarlo
hasta el final. Aquello era... ¡La verdadera historia del San
Telmo! Contada por el capitán del vapor de infausta suerte, y
cuyo relato es el siguiente: Habiendo salido del puerto de El Callao
con tiempo bonancible, enfilamos rumbo al Cabo de Hornos, una vez remontado
este, un frío glacial me despertó en mi camarote. Estaba
inquieto y atenazado por una sensación que no podía explicar.
Me abrigué y subí al puente de mi barco. El amanecer se
presentaba sombrío y a lo lejos, en nuestro mismo rumbo una banda
blanquecina llamó inmediatamente mi atención. Le pregunté
al piloto ¿Ve usted eso?. Sí, me contestó. Pues
de ahí viene este frío atroz. Un banco flotante de hielo,
que si mis cálculos no eran erróneos, debería tener
mas de una milla de longitud, arrastrada por las corrientes. Maniobré
para poner mi buque fuera de su alcance, y una vez clareado el día
me dispuse a observarlo con mi catalejo y observamos una masa negra
que contrastaba con el blanco del hielo que la aprisionaba. Llenos de
curiosidad, manteniendo el barco al pairo, arriamos una chalupa y nos
embarcamos el piloto, cuatro marineros y yo. Próximos al objeto
negro pudimos observar con asombro que era el casco de un gran navío
casi desarbolado. Tenía 3 puentes y por las abiertas portas asomaban
las bocas de los imponentes cañones. Aquel desdichado navío
estaba aprisionado en el hielo por su proa, y ocultaba una gran parte
de esta. Grande fue nuestro asombro al ver en su popa el escudo de armas
de España y debajo del mismo en gruesos caracteres su nombre...
San Telmo. El navío permanecía silencioso, era preciso
averiguar si su tripulación se había puesto a salvo en
las lanchas salvavidas o había perecido a bordo. Trepamos como
ágiles ardillas por los cadenotes de la banda de estribor el
piloto y yo. Un cadáver ya petrificado estaba acurrucado a la
entrada de una espaciosa escalera que conducía al castillo de
popa, como única presencia humana en su cubierta. En los entrepuentes
sobre los costados, no estaban enganchados los botes, por lo que deduje
que la tripulación había intentado ponerse a salvo en
ellos, pereciendo víctimas de cualquier tempestad, ya que de
haberse salvado alguien, alguna noticia se habría tenido en España.
Pero... ¿Qué significaba aquel cadáver allí
acurrucado?, ¿Por qué estaba allí aquel hombre?,
¿Por qué no había huido como los demás?.
Decidimos desvelar este enigma... En los entrepuentes no hallamos ningún
cuerpo. Ropas, enseres y pertrechos revueltos y en desorden daban su
crónica de desesperación y espanto de unos hombres en
sus últimos momentos. Tras recorrerlos sin hallar la respuesta
que buscábamos volvimos a subir a cubierta. Teníamos que
visitar aún los camarotes de los oficiales. Todo estaba también
allí en revuelta confusión. ¡Que triste abandono
y soledad!. En la cámara del capitán nos esperaba una
macabra sorpresa; en ella había dos cadáveres: el de un
hombre y el de un corpulento perro. No había señales de
putrefacción, el frío los conservaba en perfecto estado.
El cuerpo que supuse del capitán estaba rígido como una
piedra. Aquel imponente casco negro se había convertido en el
enorme ataúd de dos cadáveres. De pronto encontré
el cuaderno de bitácora del San Telmo: únicamente él
podía arrojar alguna luz sobre lo sucedido. Salimos con dicho
cuaderno del barco y lo abandonamos ante el peligro de que arreciara
el viento y mi buque corriese la misma nefasta suerte del San Telmo.
Una vez en mi cámara me dispuse a desvelar su terrible secreto.
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El diario de a bordo escrito por el comandante del
San Telmo me sobrecogió el alma. En un estilo lacónico
desgranaba los acontecimientos de los últimos días del
navío bajo su mando, y a él le cedo la continuación
de este relato que transcribo a partir de la fecha del día 24
de Julio: En las proximidades del Cabo de Hornos y tras haber sufrido
desde el día 20 los rigores de los temporales perdiéramos
gran parte de la arboladura. A eso de las 3 de la madrugada, de forma
imprevista, sentimos un fuerte choque que hizo crujir horriblemente
al navío el cual había perdido el rumbo y parecía
estacionado. Pese a la falta de luz pudimos averiguar que habíamos
encallado en un banco de hielo. Tras la lógica alarma decidimos
esperar a la luz del día. Día 25: Acabamos de sondar
el barco, por fortuna no hacía agua, reconocimos el banco de
hielo ¡Es enorme!, Medirá algo mas de una milla de longitud.
Cambiamos el aparejo para librarnos de esa inmensa mole blanca, pero
nuestros esfuerzos han resultado infructuosos. El banco de hielo va
en dirección sur y enclavados en él seguimos el mismo
derrotero que la montaña flotante. Día 26: ¡La
situación es la misma!, ¡Los vientos han amainado y sufrimos
un frío glacial que nos hiela hasta los huesos!. Hemos botado
al mar 3 chalupas con el objeto de que viesen si podían divisar
alguna embarcación que nos auxiliara. ¡Las 3 han regresado
al oscurecer sin haber visto buque alguno!. Hoy tuvo lugar a bordo una
triste ceremonia, cual fue arrojar al mar los cadáveres de dos
marineros víctimas del escorbuto. Los cadáveres dentro
de dos fuertes sacos de lona y lastrados los pies por pesados lingotes
de hierro fueron lanzados al mar, acompañados por las preces
del capellán del barco, y en presencia de toda la tripulación
que despedía sobrecogida a sus dos desafortunados compañeros.
¡Dios se apiade de sus almas!...... Han transcurrido muchos días,
no sé cuantos. ¡No los he contado!, ¿Para qué?.
El desaliento se ha apoderado de mí y mi antigua energía
ha desaparecido. Es imposible tomar ninguna medida que nos libere de
este infierno blanco que nos aprisiona. ¡Pesa sobre nosotros la
mano de un amargo destino! ............. La insubordinación enmascarada
hasta ahora, se ha quitado la máscara. ¡Mi autoridad es
ya solamente un ridículo fantasma! ¡Si pretendiese imponer
un castigo a alguno de los más culpables o dictar una orden,
sería desobedecido! ............ Sé que pretenden abandonar
el navío, alejándose en los botes y embarcando víveres,
agua, y algunas armas de fuego. No se ocultan como antes para tratar
de su proyecto: hablan de él en voz alta, y delante de mí,
como si yo no existiera....... Acabo de intentar mi último esfuerzo
para disuadirles de su proyecto poniendo patente lo descabellado del
mismo: distamos 300 millas, por lo menos, del Cabo de Hornos, que es
el lugar de tierra más cercano. Puedo asegurar que es imposible
llegar a tierra en los botes, cruzando esta mar bravía con vientos
furiosos. ¡No sirvió de nada!. Intenté apelar a
las leyes del honor, pero mis palabras no obtuvieron el menor fruto.
Ante esta actitud me negué a embarcar con ellos en los botes.
¡No abandonaré el San Telmo!. Lo confió S.M. a mi
lealtad, y sólo lo abandonaré al perder la existencia.
¡Partíd todos, abandonádme en él, y el cielo
resolverá lo que ha de ser de mí!. Respecto a poder salvaros,
sólo os haré una observación, y es que penséis
en la distancia enorme que os separa de la tierra más cercana.
Aun con una mar menos inquieta, y vientos más suaves, no podréis
llegar a ella, porque los víveres y el agua, especialmente, os
faltarán en breve. Me diréis que cualquier barco os podrá
recoger a bordo. ¿Estáis seguros de encontrar en estos
derroteros tal barco que os auxilie?........ ¡Nada conseguí
con ello!. Me encerré en mi cámara con mi perro oyendo
el alboroto de la carga de las lanchas. Poco después la agitación
cesó por completo: ¡Habían partido!...... Me encontraba
solo con la única compañía de mi fiel perro Diógenes
que me acompañaba siempre desde que era un cachorro, y que me
miraba fijamente, como si pretendiese adivinar en mi semblante el motivo
de la pena que este reflejaba. ¡Pobre perro, inseparable compañero
y amigo!......... Han llamado a la puerta de mi cámara. Di un
salto y Diógenes gruñó. ¿Quién podría
ser?, ¿No me había quedado solo?... Abrí la puerta
y mi alegría fue enorme al ver a D. Matías, condestable
de artillería y hombre de irreprochable conducta. Me saludó
militarmente y dijo que iba a ponerse a mis órdenes. Sentí
un gran alivio en el corazón al saber que no estaba completamente
solo en este desierto de hielo. Don Matías me dijo que los insubordinados
nos habían dejado vituallas para dos meses. Durante dos meses
pueden suceder muchas cosas: puede acercársenos un buque que
nos dé auxilio...../..... Ha empezado a soplar un viento furioso,
acompañado de una copiosa nevada. ¡El frío es insoportable!.
Subí a cubierta con un catalejo acordándome de los que
acababan de partir. Casi no pude distinguirlos entre el embravecido
mar, donde las atestadas lanchas apenas podían mantenerse a flote.
¡Su situación era crítica!, Me parece totalmente
imposible que puedan llegar a ver la luz del nuevo día...../....
Han pasado ya 2 meses desde aquel día en que no he vuelto a ver
a mi tripulación. El buen condestable y yo estamos en tal estado
de penuria que apenas nos quedan víveres para 3 días.
Acabamos de divisar un buque de alto bordo, que navega con dirección
hacia el este. D. Tomás disparó uno tras otro dos cañonazos,
pidiendo auxilio, y el buque pasó de largo. ¡Es imposible
que no hubiese oído nuestras salvas!. Abandonados a nuestra suerte
en este infierno blanco a bordo de este casco negro que navega a impulsos
de la fatalidad, estamos destinados a morir miserablemente de hambre
y frío. ....../...... Ultima anotación del cuaderno de
bitácora: ¡Ha llegado el término fatal!, ¡Mi
pobre compañero ha muerto!, ¡Hice todo lo posible para
salvar su existencia!. Se ha acurrucado cerca de la escalerilla de popa,
y el sueño de la muerte se ha apoderado de él. ¡No
he podido moverlo de aquél sitio!, ¡Estoy tan débil!...
¡Las fuerzas me abandonan y me siento morir!... Diógenes
se arrastra lastimosamente. Le he arrojado mi último pedazo de
galleta: se ha lanzado sobre él con precipitación, y al
ver el ansia con que lo devoraba, mis ojos se han llenado de lágrimas...........
El sueño pesa sobre mis párpados. Sé por experiencia
lo que esto significa. ¡La muerte no tardará en poner fin
a esta mísera existencia!. ¡Adiós esperanzas, adiós
tranquilo hogar, adiós soleada Patria y adiós tétrico
navío San Telmo, que guardarás nuestros despojos y serás
finalmente de este mar avaro que hace tanto tiempo que reclama ya su
presa!.
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Así terminaban, con letra casi ilegible, las
últimas anotaciones del capitán del barco negro. No pude
reprimir unas lagrimas por el desafortunado fin de unos compatriotas
de los que nada se sabía en España desde que partieran
del puerto de Cádiz con tan malos augurios. Cuando tocase puerto
español, al menos las familias de la desdichada dotación
acabarían con la terrible incertidumbre sobre su ignota suerte.
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Esta historia relatada por el capitán del vapor,
jamás saldría a la luz. Quizás contagiado por la
nefasta suerte del San Telmo, no llegó jamás a tocar puerto.
Encalló en la costa una terrible noche de galerna, perdiéndose
carga, pasaje y tripulación. Su cuaderno de bitácora quizás
fuese parte del botín de los típicos saqueadores de naufragios
en las costas y permaneció olvidado hasta que la casualidad lo
puso en mis manos para transmitiros a todos vosotros esta terrible historia,
de un barco negro y maldito que sirvió de ataúd a sus
últimos tripulantes y cuya historia hoy conocéis.....
¡Descansen en paz!.
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José Antonio Osorio Rodríguez
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P.D: Nada se supo en realidad del destino
del San Telmo, que fue real, en cualquier caso, me ha dado pie para
ofreceros este relato que espero encontréis de vuestro agrado.
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