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Juntos habían descubierto que lo cualitativo
no tenía importancia, y que en su convivencia marital lo que
se relacionaba con las cantidades era lo que verdaderamente los hacía
felices. Los números señalaban cada uno de los aspectos
de sus vidas, pero jamás soñaban, y por lo tanto no eran
jugadores de quiniela. Consignaban con vehemencia la aritmética
de sus relaciones sexuales, realizando con ellas la más simple
de las operaciones: la adición. Él se bajaba de los pechos
y de la piel de ella, e inmediatamente sacaban de la vitrina el cuaderno
cuadriculado con forro araña, para agregar un coito con la birome
azul. Habían establecido ciertas reglas; la más elemental
rezaba que no podrían incrementar su íntimo cálculo
si alguno de los dos no había alcanzado el clímax. Y eran
honestos a la hora de llevar esta contabilidad, más que en cualquier
otra actividad pública o privada. Como no poseían registros
de los primeros meses de su matrimonio, estimaron con bastante justeza
los arrebatos de la pasión, los intervalos, la sucesión
y la secuencia del amor, las embestidas de la carne durante aquellos
tiempos primigenios. Con apenas una diferencia de cinco, convinieron
en un recuento de 174 cópulas, y a partir de ese número
fundaron la exhaustiva crónica de su cama. Dicen que si se coloca
en un frasco un grano de arroz por cada unión a lo largo de los
primeros cinco años de convivencia, y el resto de la vida se
quita uno en cada ocasión, nunca se logra vaciar el recipiente.
Ellos no hacían eso, sólo sumaban. A veces, si los dos
habían sentido un orgasmo especialmente impetuoso, agregaban
al lado del símbolo de la unidad una tilde meticulosa, parecida
a una gaviota que estaba en pleno vuelo después de haber comido.
Sobre la misma línea apuntaban la fecha, la hora, la duración
de la gimnasia sexual. A veces ella incorporaba un comentario; a veces
lo hacía él. Un día se pelearon por una tontería;
él le dio la espalda, ella también. A la noche siguiente
él fue a dormir a la pieza de servicio; algunos días más
tarde, ella se mudó de vuelta con sus padres. Se separaron definitivamente,
juraron no volver a verse o hablarse. Eso fue en abril. A mediados de
mayo, él miró el cuaderno y confirmó la sospecha
de haber dejado de amarla en la cópula 999. Se pusieron de acuerdo
por teléfono y fueron a un hotel para cerrar su estadística
conyugal de una forma acorde con sus gustos, algo que para los dos era
importante antes de rehacer sus vidas junto a extraños. Él
dejó que fuera su ex la que hiciera los honores: su caligrafía
pequeña y precisa agregó la fecha y el uno correspondiente
Abajo una raya lenta y delgada, y abajo el milenario total. Él
quiso escribir un comentario agradable, pero se contuvo. Después
salieron de ahí y no volvieron a verse en los siguientes cinco,
diez, veintidós, cuarenta, cincuenta y dos años. Cuando
el abuelo murió, los nietos arrojaron el viejo cuaderno a la
basura, porque aunque eran contadores y lo habían estudiado bien,
nunca habían entendido ese cálculo fantástico de
uno más uno más uno más uno más uno más
uno más uno más uno más uno más uno
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