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El Bosque de Cristal
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Remitido
por Esteban Alonso
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Hace mucho tiempo, en un hermoso y lejano reino, rodeado
de un bosque sin igual, vivió una pequeña princesa, hermosa
como las mañanas de primavera. La preciosidad de tan tierna princesa
se la había dado un hada del bosque como don especial, siempre
y cuando el bosque que rodeaba al reino donde nació estuviera
bien cuidado. Para esto hizo que todo lo que le pasara a la princesa
le pasara al bosque y todo lo que le pasara al bosque le pasara a ella.
El bosque no podía existir sin ella, porque ella era su corazón.
Así también, no podía existir la princesa sin el
bosque porque este era el alma de ella. La pequeña princesa era
el orgullo de sus padres, reyes de esas tierras y de muchas más
en aquel mundo. Todos la llamaban Sonrisa por ser siempre feliz y tenía
la gracia de ser querida por todos los súbditos de aquel reino
por su infinita bondad.
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En aquel reino vivía también, una envidiosa
mujer que practicaba la brujería y que era fea como no había
cosa más fea en el reino. Esa mujer era de todos bien conocida
como la Bruja Miltrafaldumiruja. Esta mujer repudiaba la hermosura en
todos sus sentidos, y por lo mismo no soportaba la belleza y dulzura
de la princesa Sonrisa. Enojada por ser fea y por ver tan linda a la
joven princesita, la Bruja Miltrafaldumiruja decidió que nadie
admiraría su beldad, para esto puso en practica un viejo hechizo
que corría en su familia desde siglos atrás.
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Convirtió al hermoso bosque de la princesa Sonrisa
en un bosque de cristal tan diminuto que cabía en una pequeña
cúpula del mismo material. Pensaba que al convertir al bosque
en cristal la princesita se pondría triste y se volvería
fea. Con el bosque se transformó todo lo que había dentro
de él; todos sus habitantes, personas y animales quedaron reducidos
a frágiles figurillas de cristal. La princesa Sonrisa, que en
ese momento daba un paseo por el bosque, corrió la misma suerte
que todos los demás, solo que no toda ella se convirtió
en cristal. Nada pudo hacer la envidia de Miltrafaldumiruja en contra
del cálido corazón de la princesa, que siguió latiendo
dentro de ella, encerrado en la pequeña cúpula de cristal.
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Vio realizada su obra la Bruja Miltrafaldumiruja, pero
no se sintió feliz. A pesar de ser pequeño el bosque y
más pequeña aún su princesa, su belleza seguía
siendo inigualable. Al darse cuenta de esto, Miltrafaldumiruja se enfureció
aún más y decidió mandar lejos muy lejos al pequeño
bosque de cristal. Tan lejos mandó al bosquecillo la detestable
bruja, que fue a dar a la tienda de un anticuario en el mundo real.
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Miltrafaldumiruja se dio cuenta de que ya había
hecho mucho mal, y como en el fondo ella no era mala, agrego a su hechizo
una manera de deshacerlo: aquel que a pesar de todo creyera con todo
su corazón en que el bosque estaba vivo podría revivir
a la princesa y por tanto al bosque. El único que podría
destruir el hechizo sería un príncipe valiente de espíritu.
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Todas las mañanas pasaba Rodolfo por la avenida
principal para ir de su casa a la escuela, y nunca en todos sus recorridos
se había topado con una pieza tan hermosa en la vitrina de la
vieja tienda del anticuario. Asomaban unos ligeros destellos que deslumbraron
al muchacho en cuanto la vio. Era de una delicadeza extrema, debía
de ser muy antigua y traída de un lugar muy lejano. Era una pequeña
cúpula no mas grande que los viejos jarrones de porcelana china
que junto a ella estaban. Dentro había un bosque, aunque para
Rodolfo este no era cualquier bosque, sino el Bosque. Era como en sus
sueños, era todo luz y... oh! Se le hacía tarde y debía
llegar a la escuela antes de que tocara la campana y no lo dejaran entrar.
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Desde el día de su encuentro con el Bosque de
Cristal, Rodolfo procuraba salir antes de su casa para tener más
tiempo para admirarlo en su camino a la escuela. Era bello, había
algo en él que lo tenía hechizado, y las figuritas dentro
de él eran tan reales..... En el centro había un castillito,
y otras figuras más pequeñas como animalitos y personas.
Si hubiera podido la habría comprado, pero no parecía
ser muy barata; después de todo, una figura de tal delicadeza
debía costar una fortuna.
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Una tarde de regreso a su casa Rodolfo se asomó
a la vitrina del anticuario, pero el lugar donde antes estuviera el
Bosque de Cristal, entre los dos jarrones de porcelana china, ahora
lo ocupaba una cajita musical con una bailarina que no paraba de dar
vueltas. Se habían llevado el Bosque de Cristal, se habían
llevado su Bosque de Cristal. No lo volvería a ver jamas, ya
no podría soñar con pasear por él y ver y conocer
a los pastores y mercaderes que en él creía haber visto
tantas veces. Ya no volvería a ver su tan amado Bosque de Cristal.
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Regresó a su casa triste y desolado, entró
y dejo sus libros sobre la mesa. Iba en ese momento a su habitación
cuando del salón creyó oír que le llamaban. Entró
en la sala y cuál no sería su sorpresa al encontrar sobre
la repisa de la chimenea al pequeño y tan amado Bosque de Cristal.
Emocionado se acerco donde estaba la cúpula, y admirado la vio
como si fuera la primera vez.
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Repasó el bosque, el castillo, las figuritas
que parecían gente y reparó en algo que no había
notado antes: era una luz extraña, volvió a escuchar su
nombre... Rodolfo.... La luz con extraños destellos rosados lo
envolvía, se hacía más fuerte, luego una niebla...
Rodolfo... Escuchaba su nombre fuerte y claro, pronunciado por una voz
dulce y suave que le parecía familiar. La niebla se disipó
y vi la luz más intensa todavía, y se dio cuenta de que
estaba dentro de la cúpula. Estaba en el Bosque de Cristal.
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Su sueño se había vuelto realidad, estaba
en el Bosque de Cristal y lo recorrió. Le pareció todo
tan familiar, como si ya antes hubiera estado allí. Llegó
a las afueras del castillo y reconoció a los pastores y labradores
que tantas veces había creído ver y sentía que
los conocía como a viejos amigos. Repetía sus nombres
sin saber como es que los conocía, todo le era tan natural, como
el bosque mismo, que a pesar de ser de cristal demostraba viveza en
cada rincón. Dentro del castillo los reyes, las damas, los caballeros
reales y sus pajes, hasta un bufón risueño frente al rey.
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Recorrió el castillo, descubrió corredores
y pasadizos secretos. Se maravilló ante las estatuas y tapices
que en él había. Subió torres y entró en
enormes salas encontrando maravillas indescriptibles a cada paso. Seguía
oyendo su nombre, a veces más fuerte otras veces más débil,
pero siempre con la misma dulce voz. Intrigado ante tal hecho siguió
la tersa voz hasta las afueras del castillo y a través del bosque
hasta llegar a un claro donde una frágil y hermosa figura se
encontraba. En ella se resumía la belleza y magnificencia de
todo lo que había visto antes: era la hermosa princesa Sonrisa.
Dentro de ella su pequeño corazón latía y eso confirmó
lo que Rodolfo pensaba, el Bosque de Cristal estaba vivo, vivo y lo
necesitaba a él.
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La princesita ya no repitió más su nombre,
ya no era necesario, e instintivamente él supo lo que tenía
que hacer. Guiado por el infinito amor que aquella hermosa figura le
inspiraba, Rodolfo se acercó a ella, quiso besarla, pero no se
atrevió temiendo con ello manchar tan grata presencia. Temeroso
puso su mano en su corazón y creyó, creyó con toda
su alma y toda su fe en que con su amor podría volver a la vida
a su amada princesa y al Bosque de Cristal.
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Lágrimas rodaron por sus mejillas y su calor
entibió las frías manos de cristal de las princesita.
Sonrisa levantó su rostro hacia él y con sólo verlo
lo amó, y vivió.
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El bosque despertó como si la noche en que había
permanecido repentinamente hubiera acabado, y así fue. Los pajarillos,
las ardillas, las plantas, todo el bosque revivió mientras la
dulce voz de la princesa entonaba un himno de alegría por ver
a su bosque vivo otra vez, y es que mientras el Bosque estuviera bien
ella estaría bien.w
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Poco después se celebraron las bodas entre el
príncipe Rodolfo y la princesa Sonrisa, y todos en el bosque
fueron felices por mucho mucho tiempo.
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